Idris

Son saborosos estes primeiros días de maio. Primeiros días de sol, días nos que a brisa parece aloumiñarte, acariciarte despaciño e o sol che fai brillar os ollos como si estiveses namorado.

 

Entre o verde escuro dos piñeiros, o verde vivo da herba e as hedras que gabean polos muros, despunta o rosado das camelias, o vermello das rosas e as tímidas margaridas, brochazos de cor entre a herba.

Unha gata parda asexa as bolboretas, os seus ollos verdes conxugan coas follas da abeleira baixo a que descansa, o seu pelame suave contrasta co seu bravo carácter. Coa súa cariña de pillabana observa a bolboreta, parece que os seus ollos tornan máis amarelos e as meniñas se lle fan máis grandes. Levántase con sixilo, tirando o seu peso sobre as patas traseiras, preparase para saltar, olla para a inqueda bolboreta e acomodase para coller impulso, contrae os músculos. A gata está pensando a súa astuta artimaña de caza, sen deixar de medir, buscando un patrón nos movementos do insecto.

A tensión é medible, o felino non pestanexa, non perde a concentración ata que o impulso nervioso chega os seus músculos, descontráeos e lanzase nun elegante salto, estirando as súas patas dianteiras, sobre o indefenso bichiño, cazandoó entre as afiadas garras.

 

Despois da caza a gata achegouse a camelia e lambeu as pingas de auga que aínda quedaban sobre as follas pola chuviñada que caera a noite anterior.

Requiem

Sonaba el Requiem de Mozart y el viento parecía haberse detenido. Las miradas no estaban escondidas detrás de gafas oscuras y nadie lloraba.

Todos eran buenos músicos pero al violín primero aquello le hubiese gustado especialmente, él destacaba, era el mejor. A menudo comparaba el sonido de las ruedas frenando bruscamente contra el asfalto con el arco que rasga las cuerdas del violín en las notas más agudas.
Vibraciones en el aire, el sonido que entra por su oído, llega al cerebro y libera adrenalina. Pero era algo todavía más mágico, le hacía estremecerse por dentro, le poseía. Buscaba llegar a las notas más increíbles, rozar la barrera de lo humano, tocar con la yema de los dedos el cielo, apenas rozándolo y de repente, caer…

Aquella fue su pieza maestra. Era noche de luna nueva, llovía. Violines, viola y violonchelo quisieron tocar juntos callando el sonido de la lluvia, como nunca nadie hubiese imaginado. El acelerador cedía bajo el pie del joven violinista y la melodía sonaba presto, con notas altas. Sus manos se aferraban fuertemente al volante, poseído por la música del asfalto. Viola y violonchelo sonaban más graves y prudentes con cierto miedo. El segundo violín sonaba tímido, piano, pero al volante, el violín primero no podía resistirse a tocar la gloria, a hacer brotar de sus cuerdas la melodía más imposible jamás compuesta, para luego, con notas graves, caer…

A la mañana siguiente, los periódicos contaban una noticia tan triste que parecía que la tinta se disolvería sobre el papel en forma de lágrimas. La curva era sutil, no era un tramo peligroso, solo una curva suave tras una larga recta en la que los coches siempre circulaban rápido. Los músicos se habían confiado, no pudieron evitar perder el control. Los dos violinistas y el viola habían muerto en el acto, la joven de pelo castaño se apagó a las puertas del hospital queriendo rematar a su manera aquella pieza, con sus notas bajas y fúnebres, ritardando.

En una tarde fría, enterraban el cuarteto de cuerda. Nadie lloraba, pues no eran suficientes las lágrimas que brotan de los ojos para expresar el dolor, detrás de los cuatro feretros, flautas, oboes, contrabajos, trompas, clarinetes, tuba, trombón, trompetas, campanas y timbales lloraban las notas más tristes por sus compañeros. En esa obra la batuta la llevaba la muerte.

La Dama

Cuando abrí los ojos lo primero que se vino a mi mente fue París. Me gusta el arte y tuve la suerte de poder viajar, visité esa ciudad mágica en invierno pero sin duda el frío que sentí en mi viaje era bien diferente al que ahora sentía. Poco a poco fui reconociendo el infierno que me rodeaba. Me amparaba un ejercito de hombres valientes y fornidos. Un ejercito fuerte y numeroso, con el honor de su país pintado en los uniformes con sangre. Todos muertos.
El agua caía suave pero calaba hasta los huesos. Ya no reconocía que era agua, lágrimas o sangre, todo era muerte al final. El cielo se alzaba gris y oscuro, como los atardeceres de París y las estrellas brillaban igual de radiantes que aquella noche de amor en la ciudad mágica.

Levantar la cabeza fue el gran error, no alcanzaba mi vista a ver un atisbo de vida, ni un brote de hierba había sobrevivido a la devastación y los centenares de cuerpos se alargaban, cruzando la línea enemiga hasta donde el cielo besa al infierno.

No puedo sentir pena por estos pobres diablos, pues yo soy uno más, más muerto que vivo y más muerto que todos ellos, mis compañeros, aunque un gélido aliento emane de mi boca.
Pero sin dudarlo me pondré en pie, armado tan solo de honor y iré a buscarla, a ella, bella dama. Esa que me espera al final del horizonte, fiel a nuestra cita, la que me recibirá con un beso en los labios en este oscuro día, la muerte.

Fantasma

Olía a café de los pies a la cabeza, su melena negra dibujaba fantasmas alrededor de su cabeza, con ojeras y unos labios rojos despintados adornaban su cara. Estaba tan sexy, dormida encima de su escritorio entre papeles y dibujada con la sangre de su tintero. Sincero, del tintero habia arrancado todas sus lágrimas en noches de cafés y whiskies, noches con su pedazo de hierro haciendo más ruído que nunca entre sus costillas.

En el albor su propio fantasma la observaba, pobrecita, nunca más volvería escribir sobre algodones de azucar ni diarios de Noah, la rabia había matado, y así, su fantasma la observa, un fantasma de ilusiones, pero, creeme, como ese todavía le quedaban muchos.

Los coches no paraban de pasar, la música no paraba de sonar, amanecía y los lobos ya no aullaban a la luna. Como ese todavía me quedan muchos.

La puerta azul

El silencio y el son de sus tacones contra el frío suelo era la más dulce música de todas las que había escuchado esa noche, la música de los gemidos de placer no deseado, la música de risas contadas y medidas, de palabras agridulces susurradas en un oído desconocido. La noche había empezado, transcurrido y acabado de forma tan sucia como todas. El cariño, el amor y la dulzura si la hay se queda en casa, por la puerta azul no entra ni un ápice del dulce jugo del amor. Tan solo entran diablos escapando de noches cálidas en busca del más fiero ardor del hielo, escapando de quien llora por su falta en busca de quien respira aliviada o sonríe viendo como de nuevo cruzan la puerta azul, esta vez de espaldas.

Cuando la puerta azul se abre una docena de ojitos de niña rotos por la puta corrupción de este mundo escrutan los pantalones que les tocará arrancar esa noche, el pecho que acariciarán, los labios que besarán, la polla que intentará llenarlas, la espalda a la que se aferrarán, el bolsillo en el que buscarán la llave de la libertad que nunca aparece.

Y como niñas frágiles y ilusas se reunen cada noche en la habitación a hablar del amor, como quien habla de la luna, sin conocer, sin tocarla tan solo soñándola.

Esa noche sería ella quien cruzaría la puerta azul, subida en sus tacones rojos, levantando el mentón como no recordaba haber hecho nunca, tan acostumbrada a comerse el mundo de rodillas y pisando fuerte. Con los bolsillos llenos de oro y en la cintura de su falda escondido un puñal manchado de sangre.

Romeo & Juliet

Tengo amores perdidos en el espacio-tiempo. Amores que de cuando en vez me regalan una sonrisa, un recuerdo únicamente mio o un día en el casco antiguo de una ciudad.

Presentados en forma de escalofríos al comer chocolate de naranja o fuente de inspiracón a las tres de la madrugada. La melodía más dulce no es una canción de los Dire Strais, es tu forma de hablar.

Las personas que me hacen sentir bien no son las que veo todos los días, gracias Romeo.

Nadie la esperaba

Lo que no echaba de menos de su ciudad era lo primero que estaba sintiendo, era algo característico, algo que le gustaba odiar.  La niebla, la tupida y blanca niebla de Lugo que lo pinta todo de sombras durante el invierno, el día parece noche, y la noche parece un infierno. Es como si todas esas gotas de agua en suspensión le pesaran, le pesaran más que la maleta, el abrigo, la mochila y la pena.

La estación de autobuses de Lugo es fea, es horrible. Gris, oscura siempre llena de gente y a la vez solitaria, con un gran reloj colgando del techo. Ese reloj si le gustaba, siempre que esperaba allí miraba el reloj reflexionando sobre el tiempo y los viajes.

El ruido de la maleta rodando sobre las baldosas de cuadrados pequeñitos seguia un interesante compás con los tacones de una bella señorita, con abrigo negro y melena desarreglada, en su vuelta a casa tras la promesa de un viaje cumplida y la pena de lo que dejó atrás.

-Nadie la esperaba-

Realidad

Translúcido cristal que los separaba. Un cristal cubierto de vaho y era el vaho el que más los alejaba, impidiéndole ver nítidamente, pensar, creer. Creer que está ahí a tres milímetros blindados, que puede tocarlo, sentirlo, olerlo, crearlo. Pero el vaho, el vaho no le dejaba verlo, pintarlo de colores y borrarlo ni tan solo creerlo.

Su piel fría y blanca. Tiritaba. Estaba mojada y su pelo, azabache, caía sobre sus hombros y su espalda. Resbalaban de cuando en vez pequeñas gotas de agua fría que bailaban con los poros de su piel, deslizándose por su espalda o rodeando sus pechos y muriendo en su ombligo. Las plantas de sus pies tan negras como las palmas de sus manos, demasiado gastadas, gastadas hasta los huesos, que se doblan, que se juntan para, con los nudillos, golpear, gritar, sangrar, romper.

Caen los trozos de cristal tocando su particular sinfonía, gritan, chirrían, brillan, reflejan y rompen. Ya en silencio gotas de sangre tiñen sus puños de rojo, ahora no hay vaho, no hay cristal, puede sentir. Oír el silbido de los pinos jugando con el aire, cantando, gritando verdades, escuchando secretos y gritándolos a voces…

a voces indescifrables,

inaudibles.

 

Dentro la oscuridad se cierra y queda tapiada bajo el muro de ladrillo y cemento. Con los cristales rotos y el vaho esfumándose. Con las mentiras y engaños, con los gritos ahogados y las almas encerradas en laberintos de  sueños perdidos, esperanzas rajadas, pintalabios colorado de sonrisas falsas. Purpurina apagada, que nunca brilló realmente.

Y puede tocarla, sentirla, pintarla. Crearla, creerla. Es la realidad. La fría y dura, la libre y espléndida realidad. Son el verde, el marrón y el azul. Son los pinos, el viento, el cielo. Son ideas que vuelan libres. Son gritos que todos oyen y nadie escucha. Y asfalto. Asfalto que quema, y hace sangrar tus rodillas y hierba que sana tus heridas.

Deben volar, gritar y no oír. Deben callar y hacerse escuchar. En silencio los sentimientos deben oírse por encima del asfalto y tras los muros.

 

Con esta entrada estreno este nuevo espacio y vuelvo a mi actividad literaria habitual, espero que os guste.

Mi yo está contigo y yo tan lejos.

Shh, basta de susurros, basta de besos furtivos, basta de anhelos, de golpes, de lágrimas. Basta. No me hagas esto, te quiero, si, te quiero, pero no soporto esta angustia. No puedo vivir lejos de ti y de mi pues mi yo está contigo y yo tan lejos.

Suéltame, déjame libre. Quiero correr, saltar, gritar. Quiero quererte pero las letras de tu nombre son los eslabones de la cadena que me impide volar.

Mi último suspiro ahogado grita, te grita que me dejes, que te alejes.

Metro de París

Viajar en metro. En el sucio, ruidoso y abarrotado metro de París… Sucio, ruidoso. El dolor de cabeza era demasiado fuerte, ni los ojos resistian abiertos.

Entonces las puertas se cerraron y el sonido del aire pasando por pequeñas cajas de madera y haciendo vibrar lengüetas de metal creó una melodía mágica y relajante, Controlada desde los dedos de un parisino viejo, cansado, sucio y su gorra, en el fondo tres o cuatro monedas. Sosegó poco a poco los monstruos que gritaban dentro de mi cráneo… calmándolos, tranquilizándolos, adormeciéndolos a la vez que despertaba mi ánimo y conseguía las fuerzas que necesitaban mis párpados para alzarse y mis manos hurgar en la mochila, buscar unas monedas y dárselas.

Y ese parisino y su acordeón se bajaron en la siguiente parada sin tener idea de lo poco que significan esas monedas y un gracias. Gracias.

Luna

 

Hoy me pasaría la noche en vela, acostada en el campo, mirando la luna, si tuviese a alguien que me acompañara. No voy hacer un relato bonito, solo me apetecía decirlo. Desde mi ventana no puedo ver la luna, es una pena…  Creo que ha traído viejos latidos y me asusta. Me asusta recaer. A lo mejor es solo la tontería de esta noche, Tottte sabe lo tonta que me pone la luna llena. Eso espero, o no. No se si merece la pena luchar y conservar la esperanza o mejor me olvido y busco una nueva, que esta ya está demasiado gastada.

En tres días estaré en París viviendo una semana que sin duda no olvidaré nunca. Felicidades Luna, hoy te ves más bonita que nunca.

Pestana

 

(Completo)
Unha máis na ringleira de señoriñas escuras, largas e esveltas. Señoriñas que casan coas de abaixo para durmir. Señoriñas que co seu mellor traxe embelecen o ollo máis fermoso, máis tenro, debuxando na face dunha muller fermosa a flor da alma.
Ela, a que cunha bágoa fuxiu, esvarando polo rostro delicado, bailando entre pecas e rozando uns beizos, que sentiron o amor en primeira persoa e que agora escachan por unhas palabras pouco oportunas.
Son a chave que encerra miles de segredos, son a chave do espello da alma onde se reflicten todos os sentimentos. Vivín de preto moitos bicos e agarimos… miradas de esperanza, amor, desexo, miradas cheas de fulgor, como bañadas en purpurina. Abrín a porta a bágoas e máis bágoas, de desilusión, de rabia, de esquecemento… Unha máis da fila… unha máis igual que as outras que se xuntan para durmir, para descansar… para sentir a calor dun bico máis intensamente.
Dou bicos de bolboreta, e en busca de desexos voo.
Cando chora, cando chora… Só espero, que nunca chore. Nunca sentir máis a dor apilándonos coa auga salgada das bágoas. Xuntándonos unhas con outras, nun abrazo que consola a súa alma. A alma da moza ferida.

Días como hoy

Días como hoy a horas como esta es cuando esa oscura sombra entra en mi habitación inundando todas y cada una de las esquinas, tiñéndolas de su peculiar color. Devorando el oxígeno y impidiéndome respirar. Son días como hoy en los que se adueña de mi comiéndose mis entrañas y tiñendo mis ojos de rubí, estrujando mi alma entre sus fauces para luego dominar mis actos y controlar mi mente.

Despertar de ese sueño finito y encontrarme con esto, un montón de letras derramadas en un papel. Algunos la llaman inspiración.

Pestana (boceto)

Son a  chave que encerra miles de  segredos, son a chave do espello da alma onde se reflicten todos os sentimentos. Vivín de preto moitos bicos, agarimos… miradas de esperanza, amor, desexo, miradas cheas de fulgor, como bañadas en purpurina. Abrín a porta a bágoas e máis bágoas, de desilusión, de rabia, de esquecemento… Unha máis da fila… unha máis igual que as outras que se xuntan para durmir, para descansar… para sentir o calor dun bico máis intensamente.

Dou bicos de bolboreta, e en busca de desexos voo.

Saúl

Ahora improvisaré como tú haces con tu guitarra. No me saldrá tan bien… pero no voy a borrar, pondré lo que me salga y no habrá vuelta atrás. No borraré porque no puedo ni quiero borrar nada de lo que viví desde que te conocí. Te quise tanto, te quiero tanto… eso que no se te olvide nunca. Te podría regalar mil regalos, los tesoros dorados más grandes… pero… te merecerías más, porque como dice la canción “has cambiado mi vida, y creo que para bien” estoy segura, conocerte fue genial… y extraño… Me preguntó tantas veces como serian las cosas si no me hubieran presentado a ese chico, que me parecía rubio, el San Juan de 2008, de 2008 no? o 2009? no me acuerdo… pero no importa, porque si que me lo presentaron y me dan escalofríos cuando lo pienso y pienso en todo… lloro… porque… en días como hoy me acuerdo de todos los momentos y me doy cuenta que ni la distancia, ni el mundo… que nada podrá evitar lo inevitable.

No te voy a decir felicidades, porque ya te lo he dicho, solo TE QUIERO, y eso, también te lo he dicho, pero nunca me cansaré de repetirlo.

Moratones

 

Siento pasos que me acechan, pero… ¿qué más da ahora? Hace siglos que no se lo que es caminar tranquilo, sin mirar atrás, ni siquiera en mi casa. Pego la espalda a la pared para que nadie me pueda sorprender, veo en mi sombra puños y golpes. Sus moratones.
El sonido es cortante y conciso. No se si es alguien que pisa mi sombra rompiendo su oscuridad de cristal o es el simple eco de mis zapatos resonando sobre las frías piedras de la calle, quizás sus tacones invisibles.
Estaba en la bañera. Las gotas caían una a una del grifo, entre sus pies, dibujando círculos palpitantes y concéntricos en el agua. Hipnotizada sus ojos grises las seguían, jugando con el dedo gordo a atraparlas en su vuelo hasta el desagüe.
Hacía frío y en la bañera casi vacía, el tiritar de ese blanco y asustado cuerpo era evidente. Ella me esperaba. Y aún tiritando se mostraba desafiante, jugando con las gotas. Su mirada no dudaba. No me esquivaba y no lo hizo hasta que mis manos apretaron lo suficiente su cuello. Sus ojos me hablaban. Me hablaban como nunca lo habían hecho pidiéndome que siguiera, que lo hiciera, pues mientras su cuerpo moría yo me podría por dentro. Y eso era lo que ella deseaba, que me pudriese.
A veces es interesante jugar a imaginar lo que pasa por la mente del otro extremo. A veces se ve más clara la crueldad.

Voar

Paraísos. Infernos. Postas de sol. Ollo de Deus. Sangue, dor, escuridade. Calor. Lume, Astaroth.

Os seus ollos pardos parecían non ter fondo, como un espello a escuras. Non miraban a ningures, ondeando o horizonte a través da ventá daquel hospital. O reflexo da luz laranxa da posta de sol traíalle recordos do lume, do calor. Das faíscas surcando o ceo, cun fulgor demoníaco, dela queimándose, tal meiga fora, entre os ferros do seu Mercedes feito chatarra.

Levou o vento as cinzas de tantos soños, tantas esperanzas, tanta vida o seu lado como os gardas civís recolleron os ferrachos do coche. Sen contemplacións. Como labor súa que era para que os veciños do lugar, o asfalto da nacional sexta o esquecer todo canto antes.

Parecía tan fermoso todo a través do vidro da ventá, tan máxico, tan… Deitada naquela cama coas sabas brancas, as paredes grises e a luz clara, penetrante. Os impulsos de voar asaltábanme. Recordando vestixios daquela vida que algún día tiven despuntaba nos meus ollos unha bágoa senlleira amosando ó mundo inexistente a miña amargura.

Principio de algo, o no.

Sol

Las nubes de humo gris se abren para dejar paso a un pequeño y efímero rayo de sol, no, nada comparable al sol espléndido que brillaba en otros tiempos, algo simple, fino, apenas un pequeño respiro a mi alma, un hilo brillante que ilumina el gris de las gotas llenas de agua contaminada, sucia, forman las nubes. Nubes negras, desalentadoras pero es algo. Sin prisa.

Sin embargo odio las dudas que no dejan de inundarme. El anhelo de aquello que fue tan perfecto, tan dulce y tan contradictorio.

Callejones

 

  • No buscabas una librería, quizás aquí puedas encontrar algo interesante.
En una ciudad como aquella, Leicester, podías encontrar muchas cosas interesantes que ver, catedrales, ruinas romanas, parques, edificios… pero sin duda los mas grandes tesoros se escondían en los estrechos y recónditos callejones que se abren entre calle y calle.
Mi rincón favorito, sin duda aquella pequeña librería. La sensación nada más entrar, tan mágica. El olor del papel viejo, de recónditas historias camufladas entre millones de litros de tinta negra. Tapas de cuero con demasiados años encima… todo apilado desde el suelo hasta el techo en un infinito laberinto de estanterías. Pequeños tesoros dormidos… ese olor. Era el olor.
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Lo encontré perdido entre carpetas… sin duda a alguna persona especial le resultará conocido.

Eu

Para Felipe, un profesor dos que se recordarán, esta entrada, nada cutre.

Son Judith. Non me gusta o zume de melocotón. Tampouco me gustan as persoas falsas. Amólame a xente que vai de listilla. Gústame a piña, os ollos verdes, a xente con personalidade, a cor verde, que me miren os ollos cando me falan, a música, o son da guitarra e do acordeón. Gústame deitarme a ler un libro a sombra dun maceira na casa da miña avoa. Gústame a choiva, axuda a pensar e é melancoliosa. Gústanme as praias solitarias, sacar fotos e escribir. Gústame inspirarme de repente, nun momento calquera e sen motivo aparente. Gozo xogando cos meus cans, cos meus gatos, escoitando cantar o meu canario ou observando o pato e as galiñas de miña avoa, os animais en xeral. Gústame ser galega e falar galego a miña maneira. Odio votar de menos a xente que quero, que se me enreden as sabas nos pes, pasar frío, pero pasar calor aínda o odio máis. Gústame que me abracen forte e esquecerme de todo o demais, falar con miña prima sobre os nosos amores mentres tomamos o sol. Ler sentada nas escaleiras da piscina. Escoitar música, as baladas heavys, metal, rock e Michael Jackson. A ironía. O sarcasmo. Paréceme desagradable mentir en asuntos importantes pero considero apropiadas algunhas mentiras piadosas. Odio axudarlle a miña irmá a facer os deberes pero faime gracia cando me ameaza. Ela ten uns ollos bonitos. É unha toleirana.
Gústame estar xunto a cheminea e que faga moito calor. Encántame envolverme en mantas, comer castañas e pintar con ceras. Gústame falar por teléfono de madrugada con xente que está lonxe. Gústame que me dean bicos, as persoas agarimosas e que me digan que son doce. Non soporto que falen mentres vexo a tele e non me deixen escoitar. Adoro os grumiños do cola-cao. O chocolate, o chocolate branco, o chocolate puro, o chocolate con leite, con améndoas, con caramelo, con galleta e calquera das súas variantes. Son preciosos os amenceres e os anoiteceres na cidade inglesa de Leicester, o seu ceo gris e esperar o bus quentiña na miña sudadera mentres todos pasan frío. Gústame romper as regras, a bioloxía, o medo. Ser orixinal. Gústanme os sentimentos grises como a melancolía, a morriña, a saudade, a tristura, o esquecemento… Estar cos meus amigos, rirme ata que me doa a barriga. Non me gustan as clases de… da igual. As de galego si, e as de francés, e física e química e debuxo. Non estou segura se me gustan as miña reflexións e paranoias… Obsesióname ler ADV e similares. Os monólogos de Luís Piedrahita. Odio a Belén Esteban e os programas do corazón. Estou totalmente en desacordo coa igrexa católica e coas relixións sectistas e monoteístas en xeral, sinto impotencia cando penso nos crimes nazis. As novelas históricas apaixónanme. Parécenme lindísimos os corsets e marabíllanme as películas de época e os vestidos. A poesía romántica. Béquer, Estronceda e Sheakspere. As paisaxes verdes, as mazáns ácidas. As laranxas con azucre. A limoada. As miñas trenzas de coiro.

Sirena

Viva estaré mientras en el mar de tus sábanas pueda seguir perdiéndome como una sirena caprichosa… Con su olor y el sabor a sal de su piel. Como una sirena perdida con sus escamas en un mundo que para ella no tiene sentido. Sin rumbo ni punto de partida. Un mundo de asfalto y ruido.

Mas la sirena sin su mar, sus olas, su calor, sus tempestades o sus reconciliaciones, sus caricias no es sirena, solo una pobre diabla.

Bella durmiente

No más que una bella durmiente que se despierta cada noche de luna llena a la espera de ver su destino marcado entre los cráteres de la que la observa desde el cielo, de la que la guía, la cuida. Luna. De ver un nombre, un rostro, una señal. Y mientras la luna y la dama esperan su momento perfilada en la penumbra, con su tenue luz blanquecina, una silueta negra, apagada, sin rumbo por la arena, sola, con la espuma de las olas rompiendo contra sus pies y el sonido del mar envolviéndola toda como un fino vestido de seda marcando sus formas, pintando sus pechos, ciñéndose con el viento a su piel. Su pelo negro azabache bailando con el viento la melodía más dulce.

Un corazón dibujado en la arena que las olas se encargan de borrar con el amanecer.

Una flor que muere

Allí, sentado en aquel sofá gris, viendo como todo el mundo lo compadecía, sentía pena por él, y él, embargado por esa sensación de desolación y muerte no podía seguir viviendo. Fue allí donde se dio cuenta de lo que su vida era y es. Allí donde decidió revelarse y dar un vuelco de ciento ochenta grados a su vida. No podía seguir viviendo bajo nubes grises, por lo menos, no sin ella.

Entonces su corazón estalló. Su mente se desplomó y se inundó del viscoso líquido de la locura. Corrió, cayó sobre el barro, continuó. Lloró, gritó. Atravesó el espeso bosque de encinas, entre la maleza sin seguir caminos en esa tarde oscura hasta encontrar las viejas puertas metálicas, elegantes, se alzaban dando paso a ese campo de lápidas donde ella dormía. Tan dulce como cualquier noche de otoño, entre las sábanas, pero fría. Él allí estaba, allí para abrazarla y regalarle su calor, para amarla. Nunca la dejaría.
Su desesperación arañaba la tierra, lágrimas, lluvia, dolor pero ahora estaba entre sus brazos y no debía tener miedo. Ni él, ni ella. Ya no lloraba, ya no había ruidos ni voces. Solo el cuerpo sin vida de ella entre sus brazos
Inspirado en la canción de Stravaganzza “Deja de llorar”.

Si no fuese necesario

Si los sueños realidad se hicieran, dormiría todas ya cada una de las noches de una eternidad encadenada a tu cuerpo.

Si el poder de la mente tan fuerte como el del corazón fuese, una y mil vidas me pasaría pegada a tus labios.

Marcaría los confines del mundo en tus pies.

Pintaría sobre el horizonte la sombra de dos enamorados caminando sobre la arena.

… y si no fuese necesario pintarla? y si no fuese necesario pintarla…

Si en cada paso se escribe el destino, no daré pasos sin agarrar tu mano. Libremos la batalla más despiadada entre sábanas…

Señores si pudiera, no escribiría ni una sola palabra más sobre amor, pero esta bolsa bombeante de sangre, me obliga.

Casémonos, bandido

Que vuelva ese ladrón de besos insaciable. Ese que creaba un terremoto de grado nueve en la escala de Richter con solo mirar. El que provocaba constantes infartos cerebrales con su hablar. El que dibujó mis pecas con besos. El que me robó el lunar que tenía junto a la oreja. El que asesinó una lágrima suicida. El que embotelló los gritos de mi furia arrebatándomelos con un solo beso. El que me calló una y mil veces. El que después de todo compartía su aire sabor cereza conmigo. El que mordió mis labios para poder curarlos. El que leyó mi cuerpo en braille. El adicto al gloss de fresa. El pintor anónimo que pintó las líneas de mi cuerpo. El que me torturó con cosquillas en las plantas de los pies.


Que regrese, he olvidado escribirle un te quiero con arena en su espalda. Necesito que sacie el ardor de sus labios. Enredarme en su lengua. Quemar su piel al roce con la mía.


Casémonos, bandido.

Necesito catador

Busco reparador para mis labios cortados.

Necesito quien me seque las lágrimas con un beso. Quien dé calor a mi corazón con un abrazo. Quien me lleve de viaje a paraísos inexistentes sin que mis pies dejen de rozar el asfalto. Que me ponga entre él y la pared. Que recuente una y mil veces los lunares de mi cuerpo. Que haga brotar la canción más tierna tocando mis pestañas. Que pinte de purpurina mis pupilas. Pido alguien que saboree mi colonia todas las mañanas y que la borre todas las noches. Busco un corazón que lata al ritmo de mi pestañear.

Tengo el gloss más dulce del planeta. Necesito catador.

Cartas

Escribe cuidadosamente la carta. Elige las palabras justas, correctas, oportunas. Dibuja con cuidado las a, as efes y las jotas. Arruga el papel, tíralo a la papelera.

Coge uno nuevo, vuelve a empezar. Tacha el perdón. Vuelve a escribirlo. Ráyalo, estrújalo y tiralo.

Relajate. Destensa tus hombros, estalla tus dedos. Comienza. Mide cada letra, cada espacio, cada tilde. Siéntelo, no lo pienses demasiado. No releas. Camina, parate frente a su buzón, deja que la carta se deslice por la ranura. Escucha el silbido del papel al roce del metal.

Agarra una cerilla. Enciencela e dejala caer en el buzón.

Cenizas, solo quedarán cenizas.

Mago de Oz

¡¿Pum, pum!?
Antes tan tierno, tan dulce, pero ya no es lo que era. Mi corazón se ha convertido en un objeto de metal, con sus tornillos, sus bisagras… de metal. De latón y está hueco. Hueco. No siente ni padece. No llora, no ríe. No late. Tu lo has convertido en lo que ahora es. No te lamentes, cúrame. Cúrame si puedes y si no puedes, mátame. Porque si tú no puedes, nadie puede.
Funde el latón y úsalo para hacer una lata de sardinas, o de atún, me gusta más. Llénalo de aceite de oliva o de anchoas. Lo que a ti te guste. Al fin y al cabo no seré más que un juguete de hojalata en busca de un Mago de Oz.

Judío

Se habían difuminado los insultos, ya no le escupían, no lo señalaban, no gritaban. Solo lo miraban. Victoreaban, alababan y agraciaban a su señor.
Firme, sobre el entarimado no temblaba, no lloraba, tampoco rezaba. Tenía la mirada perdida en el horizonte y la mente en ningún lado. El silencio lo aturdía. Fue rápido. Un tirón y ya.
Durante semanas la plaza de Blat estaría adornada por un cuerpo de túnica negra con una rodela amarilla, colgando de una soga. Judío

Tortura

Resignado a morir entre aquellas cuatro pareces. Solo. Ni siquiera podía ver el rostro de los que como él esperaban un juicio que no llegaría antes que la muerte.

La sangre de sus tobillos y muñecas, maltratados por los grilletes, se confundía con la mugre que lo cubría. Ni los rayos del sol se atrevían a asomarse a aquel lugar. Fuera quizás el hedor a efluvios de las sombras que luchaban por fundirse con los muros que las retenían lo que repugnaba incluso al sol. Hedor que se mezclaba con el aliento de la muerte, vagabunda en la oscuridad, que les quemaba la piel llegando hasta lo más profundo de su alma y torturándolos más que ninguna virgen de hierro.

El sonido de las llaves del alguacil en la cerradura despertaba la tenue esperanza de salir de allí, para ser ahorcado, decapitado o quemado, pero salir.

El tosco alguacil, mostrando su negra sonrisa abrió la celda para estrangular con sus dedos el brazo de aquel bulto de pelo rubio y rizado, arrastrándolo sin resistencia ni llanto.

Una vez más no le había tocado a él.

Yo creo que nací en una época que no me corresponde. No se en cual se supone que tendría que nacer, pero en esta no.
Me gustaría ser… ser una mujer sufrida de la edad media. Una vida muy dura, sin duda… pero muy interesante, con muchas cosas por descubrir… Levantando pasiones entre nobles y caballeros con el ondear de mis curvas bajo gonelas blancas de mujer virgen, já, en la hoguera acabaría yo después de follarme al Santo Inquisidor.

Una pirata, también podría ser una pirata, una pirata sexy… que se pudra Knightley… El pirata de las rastas y la botella de ron es MIO bucanera de pacotilla.

Una dama de la época Victoriana, la época de los corsets… los adoro. Adoro los corsets. Afinan la cintura, levantan los pechos, umm… dale a una mujer un corset y unos tacones y se comerá el mundo…. Y polvos, muchos polvos, muchos. Muchos polvos de talco. Imprescindibles para la piel blanca de una dama.

Una hippie, si, ideal. Con mis rastas mis pantalones de lino y mis ideas libertarias. También podría ser una humilde celta de la Gallaecia o una cavernícola… pero el mundo (o Dios si lo prefieres) se equivocó conmigo.

Bienvenido

Sentía la muerte tan cerca que temía hundirse a cada nuevo paso. Unirse a ese mundo donde todo era silencio. Donde el viento no acariciaría las hojas de los árboles. Donde el mar sería más inmenso y nada existiría. ¿Y por qué no?
Las piernas le temblaban, temía caerse. Sus manos estaban tan frías que ya no sabía con certeza si estaba viva o muerta. Su piel seca y pálida, rascaba en cada caricia.
No hay vuelta atrás. Abrazó sus dedos fríos cerrando su puño, y golpeó sus nudillos sobre la puerta de roble, vieja e imponente, oscura.

Una rosa blanca

Solo era una rosa vieja, una rosa blanca, muerta. Tirada en aquella papelera aquel frío amanecer gris de otoño, todo se apagaba, después de haber sentido como sus pétalos se bañaban de lágrimas saladas durante toda la noche, todo cesaba.

Ahora miles de personas pasaban por aquella calle empedrada de Barcelona, una calle del casco antiguo, donde ella, después de un largo paseo con el viento como única compañía había decidido que aquello no tenía futuro, había tirado por la borda nuevas esperanzas y promesas. Había secado sus lágrimas pero su corazón había estallado en amargura al abandonar aquella rosa que encerraba tanta vida.

Visitante

Era su única salvación. Aquel ser cuya sombra se vislumbraba todas las noches en su habitación la atormentaba, la comía por dentro. La visita era segura, en la penumbra se aparecía para luego difuminarse, sin decirle nada, sin hacer ruído, pero desgarrando su piel, haciéndola trizas con solo su mirar.

Aquel filo metálico era su única salvación. Curaría sus heridas a la par que su sangre brotara y la entregaría definitivamente a él. El diablo.

Leicester

En nueve días me voy. Dejaré descansar mi mundo pues me temo que empieza a sobrecalentarse y amenaza con explotar. Estaré en un país que no conozco, con gente que habla una lengua de la que apenas comprendo unas cuantas palabras. Haré solo las llamadas justas y necesarias “mamá, papá estoy bien, Tania, te quiero”. Formatearé mi mente, en medida de lo posible y respiraré aires nuevos. Conoceré a gente nueva y maravillosa, sin duda, pero no podré evitar añorar a todas esas personiñas que son tanto para mi, y tú, tú sabes que podré vivir sin ti, aunque lo haga día a día.

Sola

Llega ese momento en tu vida en el que te encuentras en un lugar cualquiera de un país que no conoces y rodeada de gente que habla una lengua que no entiendes y te sientes inmensamente sola.
El mundo va demasiado deprisa y tienes miedo a perder el equilibrio, marearte, caerte de bruces contra el suelo y no poder levantarte. Quieres gritar, pues grita. Grita hasta que tu garganta se deshaga, tirate de los pelos, llora…

El mundo seguirá su ritmo, y estarás igual de sola, pero te sentirás más tranquila.

Yo, supongo

 

¿Qué quieres que te cuente? Soy normalita, ni guapa, ni fea, o eso espero. Me gusta la lluvia. Si, pasear sintiendo las gotas chocar contra mi paraguas, o sin paraguas, mojando mi pelo, mi ropa. Mirar hacia el cielo gris, echar la lengua y beber la lluvia. También me gusta sentarme en las escaleras del parque y observar a la gente que pasa, jugar a imaginarme lo que piensan, como son, lo que sienten.
Me gusta el olor de los libros viejos y de la hierba verde. Me gusta sentir los truenos y relámpagos desde detrás del cristal de la ventana las noches de tormenta.

Quedarme en silencio, con los ojos cerrados escuchando como late mi corazón, ese es mi hobby.

¿No lo oyes? Es mi corazón, no late, susurra, te susurra amor, te quiero. A veces se derrite conviertiéndose en tinta para mis palabras, otras veces se enfría, tiembla y pide a gritos acurrucarse en tu pecho.
Ya no llora, se le han gastado las lágrimas, y me temo que están muy caras. Quiere volar, con los pájaros, olvidar penas, y vivir en su mundo, único. Quiere hacer de las mariposas sus mejores amigas y confidentes. Que el sol sea su único amor, la luna su consuelo.

Toma, estas son las llaves. Cuidalo bien, es tuyo.

Atrápame

 

Hazme llorar, temblar, sudar. Hazme sentir, sentirte. Produzcamos un tsunami y amémonos entre olas saladas. Que tu saliva me cure todas las penas y que mi corazón lata al ritmo de tus notas. Que se me ericen los pelos de los brazos y un eterno escalofrío recorra mi cuerpo de pies a cabeza. Solo, bésame, bésame de mil maneras distintas, muerde, lámeme… Acariciame, atrápame.

Contigo

Una lágrima bailando con la arena. Una. Una lágrima, una gota de agua salada que esconde miles de sentimientos, pero es solo eso, una lágrima.

Guarda en su interior la sensación de tus labios rozando los míos, de mis ojos clavados en los tuyos. Guarda sueños hechos realidad y pesadillas olvidadas.

Ahora, en su baile final con la arena, todo se perderá, pero, ¿Qué importa, si puedo vivirlo todos y cada uno de los días de mi vida?

Contigo

 

Entre sábanas

Abres lo ojos perezosa. La luz te salpica, tu habitación…, madre mía, las sábanas están todas revueltas…

Rebobinemos: Imágenes fugaces, placer, gritos, miradas cómplices… Su olor aún está en la cama.
Te estiras recreándote en aquel placer, que olor, podías notar su presencia, pero en la cama solo estabas tú, tú y sus vaqueros arrugados… ¡que desastre!
Te levantas, sin prisas, coges sus gallumbos que han quedado colgados en la lámpara y te los pones como único atavío para ir en su busca y captura por el piso de apenas cincuenta metros cuadrados. Al pasar por delante de la puerta del baño, escuchas el susurró del agua y unas manos conocidas, aferrándose a la blanca piel de tus caderas, te arrastran a su interior, para continuar con la locura y el desenfreno entre la espuma con olor a pasión.

Heroína

Sabes perfectamente cuales son las palabras exactas, cuales son las letras que las forman, pero no tienes valor de pulsarlas, nunca lo tendrás. Sientes miedo, a la vez que anhelo por oír el “clip” que liberará ciertos ceros y unos que te mostrarán la letra impresa en la pantalla como un simple trazo negro.

Cobarde. Ahora tus hilos cuelgan muertos y ya nadie mueve tus brazos, títere roto, ya no haces reír, llorar, sentir. Ríndete. Sabes que acabarás en algún basurero rodeado de espinas de pescado y patatas podridas.

Se acabó, no tienes aliento, estás sin fuerzas. El fantasma blanco que manejaba tus hilos los rompió.

Pide ayuda, cobarde. Libera esos ceros y unos que te dan la libertad o muérete.

Purgatorio

Reinaba un dulce olor a incienso en aquella inmensa sala, suelo de mármol brillante, blanco y negro, blanco y negro, blanco y negro… como un inmenso tablero de ajedrez.
Por la pequeña ventana una luz clara de amanecer de verano dejaba ver con claridad la mesa con cubiertos sin brillo por la capa de polvo que lo envolvía todo, los cuadros, con rostros que me vigilaban curiosamente desde la penumbra. Lujosas butacas acolchadas, las paredes perfectamente  empapeladas…

Sentía como que flotaba y una inmensa paz me embargaba. Recorrí la sala con aquella extraña sensación, recorriendo todas y cada una de las imágenes colgadas en las paredes con mis dedos, rozándolas apenas. No tenía miedo, sentía algo dentro de mi que anulaba todo razonamiento, y solo existía paz.

Sentí una fuerza que tiraba de mi, no me opuse, y todo se desvaneció a mi alrededor, cubriéndose poco a poco todo de niebla y desdibujando los muebles, los retratos, la estancia…

Una luz blanca, intensa, hacía daño a mis ojos, un montón de tubos, máquinas, un gorro verde, la bata del mismo color, su cara de esperanza, en sus manos dos palas metálicas, mi pecho cubierto de gel conductor… había regresado del purgatorio. Había nacido y hasta el día en que me muriera no podría olvidar aquellos ojos azabache que me habían traído de vuelta.

Aspid

Frente a ella, una desconocida, escrutándola con su mirada cansada desde detrás del espejo. No la conocía. El pelo grasiento y enredado, las ojeras violáceas profundizando alrededor de sus ojos apagados, la piel pálida… Apenas pasara una semana y había envejecido años. Su pelo empezaba a bañarse por un manto blanco de canas y sobre su cara brotaban numerosas arrugas. Bajó la vista. Sus manos, las miraba sin reconocerlas, viejas, gastadas, arrugadas… con ellas recorrió su rostro, dibujando todas y cada una de sus arrugas, recorriendo sus labios con el dedo índice, apenas rozándolos. Entonces cerró los ojos y lo tuvo claro. Se agachó para coger uno de los trozos de cristal, lo agarró con todo el puño, sin reparar en las llagas que se abrían en su mano, lo acercó a su mejilla y realizó un corte, limpio, poco profundo, dejó caer el cristal ensangrentado. Sin prisas introdujo sus manos en el corte y fue agrandándolo, arrancándose aquella piel que no era suya, que no le pertenecía y librándose poco a poco de aquella maldición.

Muerte

Aquel olor a tierra húmeda se me hacía tan conocido. Era el olor a putrefacción, desolación y muerte de un cementerio.

En los últimos tres años no había faltado un día a nuestra cita. A veces te contaba un cuento, te explicaba lo difícil que es estar sin ti, te contaba como es el mundo que no llegaste a conocer o te cantaba esa nana que tanto te tranquilizaba.

La oscuridad lo envolvía todo, el silencio era tan profundo que creí estar muerta, por desgracia, no.
Tus llantos me habían despertado, como todas las noches desde el fatal accidente, pesadillas y más pesadillas, tus gritos, y mi impotencia por no poder hacer nada.

Poco a poco tomando consciencia de mi cuerpo me doy cuenta de que estoy acostada, y tengo poco espacio. Moviendo mis fríos y atrofiados músculos del brazo sin apenas espacio toco la paredes acolchadas, rígidas…..

¡¡ NOOOOOOOOOOOOOOOOO !!

El tiempo se acaba. Mis pulmones consumen el poco oxígeno del que dispongo matándome poco a poco. El sudor escapándose por mis poros y mezclándose con la sangre de mis nudillos, de mis dedos, sangre de desesperación, locura…

Estoy acostada en la cama de la muerte.

Tela blanca desgarrada, manos destrozadas y apenas unos rasguños en la intransigente madera de  pino… Respiración entrecortada, sudor, dolor, oscuridad, frío, miedo, rendición, muerte.

 

Encontrando la inspiración en una clase de biología con Manuel Aira hablando sobre la catalepsia.